La
Educación Moral, su importancia en la sociedad, fines y propósitos.
La primera obra con el
título Educación moral se
remonta a comienzos de siglo y es de E. Durkheim, uno de los pioneros de las
nacientes ciencias sociales. Casi contemporáneamente el problema de la
educación moral recibía una especial atención en los estudios de S. Freud y de
sus primeros discípulos (C.G. Jung y A. Freud). Desde entonces el tema de la
educación moral y el del desarrollo moral, íntimamente unido al primero,
constituyen un capítulo particular de notable importancia en el ámbito de la
metodología pedagógica y de la psicología evolutiva. El estudio de la l
experiencia moral (III) desde una perspectiva genética, tanto con la intención
estrictamente teórica de comprender mejor sus dinamismos, y por lo tanto su
íntima estructura psicológica, como con la intención práctica de orientar la
acción educativa en este campo, se puede remontar a E. Durkheim y a S. Freud;
pero se ha desarrollado más en los países anglosajones, donde se ha convertido
en una auténtica disciplina y donde desde hace tiempo existe una revista
especializada (Journal of
moral Education).
. Por otra parte, este
interés no es sólo unidireccional. Tampoco el estudio del desarrollo y de la
educación moral puede descuidar los problemas morales sustanciales. Tras la
reflexión más específicamente psicológica y pedagógica de los estudiosos de
educación moral siempre se advierte una cierta "precomprensión"
teórica de naturaleza filosófica, que condiciona a fondo la reflexión
pedagógica y no puede dejar de interesar a la teología moral. No pocos
pedagogos y psicólogos, precisamente a partir de sus investigaciones
específicas, terminan por elaborar una filosofía moral personal; éste es el
caso, por ejemplo, de L. Kohlberg, el más conocido de estos especialistas, y
que al primer volumen de los dos que recogen una síntesis de su pensamiento le
ha dado el significativo título de Filosofía
del desarrollo moral.
Muchas de las formas de
filosofía moral que hay detrás de las distintas elaboraciones psicopedagógicas
sobre temas de educación moral cuestionan datos tradicionales de la teología
moral o presentan el hecho moral desde una perspectiva totalmente nueva y no
fácilmente compatible con la reflexión teológica; algunas de ellas son
potencialmente destructoras de toda fundamentación seria de la moral.
La compenetración entre
educación y moral. en la base de estas
interferencias entre disciplinas a primera vista tan diversas como la pedagogía
y la teología moral, se encuentra el hecho de que la experiencia educativa y la
ética están por naturaleza íntima e inseparablemente unidas. La una y la otra
se preocupan de la "promoción del hombre al estado perfecto de hombre, que
es la virtud" (SANTO TOMAS, S.Th., Suppl., q. 41, a. 1). La educación
moral y el compromiso moral se proponen, pues, el mismo fin, que es la
realización del hombre en cuanto hombre a través de la consecución de los
valores morales.
Naturalmente existen
sectores de educación (física, cultural, profesional) que persiguen fines no
directamente morales; pero una cierta dimensión ética, quizá de modo atemático
e indirecto (como hidden curriculum), se extiende por todo
el proceso educativo. De este modo la moral, si a veces puede entenderse
reductivamente como defensa y realización de valores particulares, en última
instancia, siempre es plasmadora de la personalidad. Haciendo el bien moral el
hombre se hace educador de sí mismo, se construye como persona. El empeño moral
siempre está unido en la edad evolutiva a alguna forma de educación que lo
condicionará luego para toda-la vida, y se manifiesta después a lo largo de
toda la existencia en un proceso de autoeducación permanente. Esta íntima
compenetración entre el hecho educativo y la experiencia moral se realiza, con
modalidades específicas, también en la forma de educación que es la educación
de la fe y en la de la educación moral que es la educación moral cristiana.
Todo esto comporta una
cierta trasposición de problemática de uno a otro de estos dos campos del saber
práctico: pedagogía moral y teología moral.tienen, en cierto modo, objeto e intereses comunes y no pueden
ignorarse mutuamente.
La razón práctica, sería
sólo una traducción, en términos imperativos, de la tendencia natural del
hombre al bien; en ella encontraría expresión la estructura constitutiva de la
libertad humana, que no puede querer nada si no es "sub rationi
boni", porque ha sido creada por Dios para el bien y es animada
continuamente al bien por la acción interior del Espíritu. En el imperativo de
la conciencia resonaría, por lo tanto, la esencia última y constitutiva de la
libertad humana, su vocación a la comunión con Dios, bien infinito y término
plenamente satisfactorio de la tendencia humana a la trascendencia.
La frase de L. Kohlberg
"quien conoce el bien lo hace" no es sólo una expresión de su
platonismo, poco realista en su unilateralidad; tiene una parte de verdad muy
importante para la educación moral. Si conocer el bien es conocerlo en sentido
profundo, un sentido que incluye las cualidades de la conciencia que se han
indicado como constituyentes de la madurez moral, entonces el verdadero
"conocer el bien" culmina de verdad en el "hacer el bien";
porque la libertad humana no es pura indeterminación, sino libertad condicionada
y orientada, y cada una de las cualidades de la conciencia que hemos visto [l
inmediatamente antes en el apartado c)] constituye una condición no sólo para
que la virtud sea verdadera y plenamente tal, sino para que simplemente sea;
estas condiciones preorientan la voluntad hacia el bien, se lo hacen accesible y
deseable de modo concreto: autonomía, racionalidad, altruismo, integración de
la personalidad son el terreno psicológico en el que germina el contenido de la
virtud.
El carácter moral. En su conjunto, estas
cualidades de la conciencia constituyen como un haz de actitudes para el bien
que, con Peck y Havighurst, podríamos llamar "carácter moral".
Un carácter moral maduro, en
cuanto condicionamiento positivo de la libertad, es a la vez una modalidad de
la experiencia moral y una orientación a que tenga contenidos positivos. En el
carácter moral se unen la perspectiva formal, que prevalece en las ciencias de
la educación, y la perspectiva material o de contenidos, que prevalece en la
teología moral.
Desde un punto de vista
teológico se puede hacer notar cómo la trascendental intencionalidad de la
fecaridad que inspira y califica toda la vida moral del creyente es a la vez
una modalidad de la conciencia y un contenido de la experiencia moral. Cristo es
nuestra libertad; el fundamento de nuestro altruismo; quien nos da el Espíritu,
que es la racionalidad superior de la conciencia creyente, el centro de unidad
e integración de toda conciencia creyente. Pero es también el valor supremo y
el contenido concreto de toda la vida moral cristiana, que es en toda su
extensión un "vivir en Cristo"
Los valores, o más bien la
educación en valores, se ha erigido como un núcleo de análisis y discusión
desde un universo heterogéneo de planteamientos.
Los valores hacen referencia a modelos ideales de actuar y de existir que el ser humano aprecia, desea y busca, y a través de los cuales interpreta el mundo y da significado a su existencia.
Los valores hacen referencia a modelos ideales de actuar y de existir que el ser humano aprecia, desea y busca, y a través de los cuales interpreta el mundo y da significado a su existencia.
Debido a su consideración de
ideal, de algo a lo que se tiende, poseen una naturaleza abstracta e intangible
y sólo se hacen explícitos a través de las conductas o los modos de comportarse
que manifiesta una persona ante determinadas situaciones. En este sentido, la
tendencia (o predisposición aprendida) a comportarse de una manera ante determinadas
realidades vividas: problemas, ideas, situaciones, personas o acontecimientos,
recibe el nombre de actitud.
De estas definiciones cabría
destacar dos ideas fundamentales:
- Los valores y las actitudes se aprenden y, por
tanto, son educables.
- Para evaluar la interiorización de un
determinado valor por parte de una persona es necesario fijarse en las
conductas que manifiesta en diferentes situaciones.
Prácticamente, la totalidad de los autores están de acuerdo en afirmar que la captación de los valores no se produce a través del intelecto, por el contrario, responden a la lógica del sentimiento y no únicamente desde un ideal de justicia sino también desde ideales de felicidad. Desde este punto de vista, el papel y la actitud del docente como profesional de la salud, constituye el agente más relevante en la transmisión de valores en un aula de clase. Aspectos como la relación que establece con los alumnos, el clima de clase que propicia, la metodología utilizada, etcétera, cobran especial relevancia.
Los valores por su parte que se consideran indispensables en el perfil del alumno aspirante son: El respeto a sus semejantes, la honestidad, la laboriosidad y espíritu de ayuda a los demás. Las habilidades que se buscan tienen que ver con: Saber manejar relaciones interpersonales efectivas, saber trabajar en equipo, tener la capacidad de discernimiento para seleccionar la información adecuada y saber como sintetizarla.
El hombre es un ser histórico en su mismo ser. Ello implica que la historia no es un mero accidente, pues él configura su ser y su humanismo en la historia educativa y aún más en los valores. Así va consolidando los atributos del ser-hombre y, consecuentemente, definiendo su idea de bien y del mal, sus virtudes y valores en general, dentro de una tradición cultural que es una especie de transmisión o herencia filogenético, tan irrepetible como irrenunciable. La historicidad conlleva, entonces, la necesidad permanente de cambio y renovación.
La historia de la educación es el
modo propio en que la vida humana se perpetúa, renovándose y también
evolucionando; cada momento es único. Los caracteres adquiridos se transmiten,
pero no de manera necesaria, uniforme y espontánea, como en la vida biológica,
sino por obra de la educación, entendida ésta como una tarea a la vez
consciente e inconciente, individual y colectiva, en la unidad y relatividad de los
contrarios, que tiene sus implicaciones éticas cifradas sobre todo en la no
exclusión ni absolutización de las cualidades morales; unidad y relatividad que
Sócrates expresa con la idea de que bien y mal remiten a la misma búsqueda, al
mismo propósito o voluntad.
Es necesario que el presente ensayo dé sus aportes para el proceso histórico del profesional de la salud y el rescate de los valores y más en la institución que lo ampara.
Es necesario que el presente ensayo dé sus aportes para el proceso histórico del profesional de la salud y el rescate de los valores y más en la institución que lo ampara.
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
González, F.
Psicología de la personalidad. Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1985.
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